"If you can meet with Triumph and Disaster,

and treat those two impostors just the same"

Rudyard Kipling.-

domingo, 1 de febrero de 2009

Día 14 y último: LA FELICIDAD

Ando recién bajado de la montaña rusa en la que nos hemos montado esta mañana todos los que hemos vivido la final del Open de Australia entre Rafa Nadal y Roger Federer, y he de decir que tengo una sonrisa de oreja a oreja. Soy FELIZ. Tras el síndrome de Stendhal vivido en los cuartos de final del Federer v del Potro y tras la sensación agridulce de la victoria/derrota de semifinales entre Verdasco y Nadal, no había una mejor forma de cerrar este Open de Australia que con este partidazo que nos han brindado los dos mejores tenistas de la historia. Sí, hay que llamarles así. Los dos mejores tenistas de la historia. Sin remilgos, sin considerarlo precipitado, sin pedir excusas a Agassi, Sampras, McEnroe, Lendl, Borg, Laver, Edberg, Wilander y quien tú quieras... Y lo digo no sólo por los diecinueve Grand Slam que suman entre los dos, sino por los diecinueve encuentros que han jugado con el de hoy, y que nos enamoran cada día más a los que ya estamos atrapados por este deporte y que atraen cada vez más a nuevos aficionados a este maravilloso juego.



Hoy Rafa Nadal se ha adjudicado la final en cuatro horas y veintidos minutos por 7-5, 3-6, 7-6 (3), 3-6 y 6-2, sacando fuerzas de donde no tenía y recurriendo de nuevo a su inteligencia asombrosa, agudeza mental y a esos raquetazos imposibles que salían directamente de su alma de guerrero.



El partido tardó en arrancar, como si ambos jugadores fueran conscientes de las dificultades técnicas que la nevada estaba provocando en las señales de televisión, bastante deficientes, tanto en Canal+, como en Cuatro y Eurosport, que nos hacían cambiar de un canal a otro, intentando encontrar una retransmisión aceptable. De hecho, tardaron tanto en coger el pulso al partido ambos jugadores, que casi sin pena ni gloria pasaron las dos primeras mangas, como si ambos jugadores fueran plenamente conscientes de que les esperaba un partido largo.

Nadal se adjudicaba la primera manga apoyándose en una rotura de servicio a Federer cuando se encontraba 2-4 abajo en el marcador y todo apuntaba a un set en el casillero del suizo. El balear resurgía igualando a cuatro y adelantándose posteriormente 6-5 con un nuevo break en el undécimo juego, consolidando así la tercera bola de break que disponía en el set.

Por contra, Federer arrancaba el segundo set dispuesto a no dejar marchar la final. El helvético resolvía cómodamente sus juegos al servicio y apretaba de lo lindo al balear al resto. Se producía sin embargo un break de Nadal que parecía aclarar la final: 3-2 para Nadal en el quinto juego, con posibilidades de ponerse 4-2 en el sexto y tener la final plenamente encarrilada. Sin embargo, aquel break actuó como despertador en el juego del suizo, que convertía cuatro juegos seguidos y parecía dispuesto a igualar a Sampras en el número de Grand Slams conseguidos, con el 3-6 con el que se anotaba la segunda manga.

La final estaba emocionante, no había duda. Pero, ¿aquello era un Federer v Nadal? Cualquiera lo diría de no ser por algún que otro intercambio bueno y algún que otro punto espectacular. Parecía como si ambos jugadores estuviesen jugando con el freno de mano echado.



Sin lugar a dudas estábamos ante el Federer v Nadal más raro de todos los vividos hasta la fecha. Pero todo iba a cambiar rápido. Se iniciaba el tercer set y ambos jugadores sabían lo que estaba en juego: un set clave. Si Federer se lo anotaba, los dos sets abajo pesarían mucho sobre las piernas de Nadal que acusarían las cinco horas de semifinales. Si Nadal era el que se lo adjudicaba, más de medio camino para lograr su primer Abierto de Australia estaría recorrido, y sus piernas estarían más ligeras que nunca. Los dos jugadores estaban obligados a poner todas las cartas sobre la mesa.



Y el tercer set no nos defraudó, porque en él iban a comenzar los puntos imposibles, las clases de tenis, las carreras frenéticas de Nadal, las dejadas de Federer... Aquello sí era lo que estábamos esperando. Cada jugador mantenía su servicio sin soltar prenda, hasta llegar a uno de los momentos clave y más emocionantes del encuentro, y es que en el noveno y el undécimo juego de este tercer set, a Nadal le iba a tocar bailar con la más fea: levantar un 0-40 y un 15-40 respectivamente. El balear lo consiguió. Ni más ni menos que cinco bolas de break iba a levantar, bolas que se iban a convertir en fundamentales en el devenir del tercer set y que le iban a pesar a Federer más de la cuenta en el tie-break, que se adjudicaría Nadal por 7-3 y que le permitiría comenzar a agarrar el primer Grand Slam de 2009.

Pero Federer no estaba dispuesto a entregar el título tan rápido. Como si fuera consciente de la posible debilidad física de Nadal en un quinto set, el helvético forzaba la máquina en el cuarto y se lo anotaba en cuarenta y cinco minutos de nuevo por 6-3.



Este excepcional Open de Australia se iba a resolver en un quinto set, en un último set. O Federer igualaba los catorce títulos de Sampras o Nadal daría un golpe de efecto convirtiéndose en el primer español en ganar en Australia. El desenlace estaba servido. Nadal tenía claro su plan: agarrarse a su servicio y esperar. El balear ganaba el primer y tercer juegos cómodamente (92% de puntos ganados con el primer servicio en este set sirven de muestra), y esperaba pacientemente su oportunidad, que iba a llegar. En el cuarto juego del quinto set, Nadal levantaba un 30-0 a Federer y se colocaba 3-1 arriba. La brecha estaba abierta. Sólo quedaba mantener su servicio para alzar el Abierto de Australia. Y así fue. 4-1, 5-2 y un Federer nervioso e intranquilo, que cedía de nuevo su servicio en el octavo juego para cerrar el encuentro con un 6-2 en el quinto set. Australia ya era nuestra.



Y llegó la felicidad. Y llegaron las emociones. Ahí estábamos otra vez ganando una final. Y digo estábamos porque Rafa Nadal tiene la particularidad de hacer equipo. Ante la soledad de Mirka Vavrinek en el palco de Federer, en el de Nadal se abrazaban Toni Nadal, Carlos Costa, Rafa Maymo, Benito Pérez Barbadillo y Nadal padre. Y en nuestras casas, el resto de aficionados conectábamos con esos abrazos, con esa alegría que se vivía en la Rod Laver. Ahí estábamos liándosela de nuevo a Federer, alterando el plan al mejor tenista de la historia, que tenía que aplazar un poco su decimocuarto Grand Slam. Ahí estábamos conquistando Australia.



Que Rafa Nadal es el mejor deportista español de la historia, pocos pueden dudarlo ya. No sólo por los éxitos deportivos, como el consolidar este número 1 con este primer Grand Slam en Australia, sino por la elegancia y deportividad que demuestra cada vez que gana o cada vez que se le presenta una circunstancia excepcional como hoy cuando Federer rompió a llorar en plena ceremonia de entrega de trofeos. Nadal estuvo elegante, comedido, tan humilde como siempre que evitó cualquier muestra de júbilo, hasta el punto de llegar a pedirle perdón a Federer por haberle ganado.



La grandeza se demuestra en los pequeños detalles, y por eso, Rafa, eres tan grande.